viernes, 20 de febrero de 2015

En Tinieblas o El Bluff Surrealista

Artaud por Man Ray

Invitado: Antonin Artaud

Que los surrealistas me hayan expulsado o que yo mismo me haya alejado de sus grotescos simulacros, hace mucho que no es ésa la cuestión1

Me retiré porque estaba harto de una mascarada que había durado demasiado, por otra parte estaba muy seguro de que en la nueva posición que habían elegido, no menos que en cualquier otra, los surrealistas no harían nada. 

Y el tiempo y los hechos no tardaron en darme la razón. 

Uno se pregunta qué puede importarle al mundo que el surrealismo coincida con la Revolución o que la Revolución deba hacerse por fuera y por encima de la aventura surrealista, cuando se considera la poca influencia que los surrealistas han tenido sobre las costumbres y las ideas de esta época. 

Además, hay todavía una aventura surrealista y acaso no ha muerto el surrealismo el día en que Breton y sus adeptos creyeron que debían adherir al comunismo y buscar en el terreno de los hechos y de la materia inmediata el resultado de una acción que normalmente sólo podía desarrollarse dentro de los marcos íntimos de la mente. 

Creen poder permitirse echarme cuando hablo de una metamorfosis de las condiciones interiores del alma2, como si yo entendiera el alma en el sentido infecto en que ellos mismos la entienden y como si desde el punto de vista de lo absoluto pudiera tener el menor interés ver cambiar la estructura social del mundo o ver pasar el poder de manos de la burguesía a las del proletariado. 

Si los surrealistas realmente buscaran eso, al menos tendrían una excusa. Su objetivo sería banal y restringido pero al menos existiría. ¿Pero tienen acaso algún objetivo hacia el que lanzar una acción y cuándo fueron capaces de formularlo? 

 ¿Acaso trabajamos con una meta? ¿Trabajamos con móviles? ¿Creen los surrealistas poder justificar su expectativa por el simple hecho de la conciencia que tienen? 

La expectativa no es un estado de ánimo. Cuando no se hace nada no se corre el riesgo de romperse la cara. Pero no es razón suficiente para que hablen de uno. 

Desprecio demasiado la vida para pensar que cualquier cambio desarrollado en el marco de las apariencias, pueda cambiar algo de mi detestable condición. 

Lo que me separa de los surrealistas es que aman tanto la vida como yo la desprecio. 

Disfrutar en toda ocasión y por todos los poros es el centro de sus obsesiones. Pero el ascetismo no coincide con la verdadera magia, incluso la más sucia, incluso la más negra. Incluso el gozador diabólico tiene aspectos ascéticos, un cierto espíritu de mortificación. 

No hablo de sus escritos que son brillantes aunque vanos desde el punto de vista que ellos sostienen. Hablo de su actitud central, del ejemplo de toda su vida. Yo no tengo odio individual. Los rechazo y los condeno en bloque rindiendo a cada uno de ellos toda la estima e incluso toda la admiración que merecen por sus obras o por su inteligencia. En todo caso y desde ese punto de vista no cometeré, como ellos, el infantilismo de darle vuelta la cara a ese tema, y de negarles talento porque han dejado de ser mis amigos. Pero felizmente no se trata de eso. 

Se trata de una ruptura del centro espiritual del mundo, de un desacuerdo de las apariencias, de una transfiguración de lo posible que el surrealismo debía contribuir a provocar. Toda materia comienza por un desarreglo espiritual. Confiar en las cosas, en sus transformaciones, en el cuidado al conducirnos es un punto de vista de torpe obsceno, de aprovechador de la realidad. Nadie ha comprendido nada nunca y los surrealistas no comprenden y no pueden prever a dónde los llevará su voluntad de Revolución. Incapaces de imaginar, de representarse una Revolución que no evolucione dentro de los desesperantes marcos de la materia, se resguardan en la fatalidad, en cierto azar de debilidad y de impotencia que les es propio, del trabajo de explicar su inercia, su eterna esterilidad. 

El surrealismo siempre ha sido para mí una nueva forma de magia. La imaginación, el sueño, toda esta intensa liberación del inconsciente que tiene por finalidad hacer aflorar a la superficie del alma lo que habitualmente tiene escondido, debe necesariamente introducir profundas transformaciones en la escala de las apariencias, en el valor de significación y en el simbolismo de lo creado. Lo concreto cambia completamente de vestido, de corteza, no se aplica más a los mismos gestos mentales. El más allá, lo invisible rechaza la realidad. El mundo ya no se sostiene. 

Entonces se puede comenzar a calibrar los fantasmas, a rechazar las falsas apariencias. 

Que la muralla espesa de lo oculto se hunda de una vez sobre todos esos impotentes charlatanes que consumen su vida en admoniciones y vanas amenazas, sobre esos revolucionarios que no revolucionan nada. 

Esos torpes tratan de convertirme3. Ciertamente tendré mucha necesidad. Pero al menos yo me reconozco inválido y sucio. Aspiro después a otra vida. Y bien pensado, prefiero estar en mi lugar y no en el suyo4

¿Qué queda de la aventura surrealista? Poca cosa además de una gran esperanza decepcionada, pero en el terreno de la literatura misma tal vez hayan aportado algo. 

Esa cólera, ese disgusto quemante volcado sobre la cosa escrita constituye una actitud fecunda y que tal vez un día, más tarde, sirva. La literatura ha sido purificada por ella, próxima a la verdad esencial del cerebro. Pero eso es todo. Conquistas positivas al margen de la literatura, de las imágenes, no ha habido y sin embargo era el único hecho importante. De la buena utilización de los sueños podía nacer una nueva forma de conducir el pensamiento, de mantenerse en medio de las apariencias. 

La verdad psicológica estaba despojada de toda excrecencia parasitaria, inútil, aproximada mucho más de cerca. Entonces se vivía con seguridad, pero tal vez es una ley de la inteligencia que el abandono de la realidad sólo puede conducir a fantasmas. En el marco exiguo de nuestro dominio palpable estamos apurados, exigidos de todas partes. Lo hemos visto bien en esa aberración que llevó a revolucionarios en el plano más alto posible, a literalmente abandonar ese plano, a dar a la palabra revolución su sentido utilitario práctico, el sentido social que se quiere pretender el único válido, porque nadie quiere contentarse con palabras vanas. Extraña vuelta sobre sí mismos, extraño nivelamiento. 

¿Quién puede creer que anteponer una simple actitud moral bastará, si esta actitud está enteramente marcada por la inercia? El interior del surrealismo lo conduce hasta la Revolución. Ese es el hecho positivo. La única conclusión eficaz posible (según dicen ellos) y a la que un gran número de surrealistas se ha rehusado a adherir; pero, a los otros, ¿qué les ha dado y qué les ha hecho dar su adhesión al comunismo? 

No los hizo dar ni un paso. En el círculo cerrado de mi persona nunca sentí la necesidad de esta moral del devenir que, parece, revelaría la Revolución. Yo coloco por encima de toda necesidad real las exigencias lógicas de mi propia realidad. Es la única lógica que me parece válida y no una lógica superior cuyas irradiaciones no me afectan sino en tanto tocan mi sensibilidad. No hay disciplina a la que me sienta forzado a someterme por riguroso que sea el razonamiento que me lleva a aceptarla. 

Dos o tres principios de muerte y de vida están para mí por encima de toda sumisión precaria. Y cualquier lógica siempre me parecerá prestada.

*
El surrealismo ha muerto por el sectarismo imbécil de sus adeptos. Lo que queda es una especie de montón híbrido al cual los mismos surrealistas son incapaces de ponerle nombre. Perpetuamente cerca de las apariencias, incapaz de hacer pie en la vida, el surrealismo todavía está buscando su salida, pisoteando sus propias huellas. Impotente para elegir para decidirse ya sea totalmente hacia la mentira, ya sea totalmente hacia la verdad (verdadera mentira de lo espiritual ilusorio, falsa verdad de lo real inmediato, pero destruible), el surrealismo busca este insondable, este indefinible intersticio de la realidad donde apoyar su palanca, antes poderosa, hoy en manos de castrados. Pero mi debilidad mental, mi cobardía bien conocidas se rehúsan a encontrar el menor interés en las convulsiones que sólo afectan ese lado exterior, inmediatamente perceptible de la realidad. Para mí, la metamorfosis exterior es algo que sólo puede estar dado por añadidura. El programa social, el programa material hacia el que los surrealistas dirigen sus pobres veleidades de acción, sus odios jamás virtuales a todo, son para mí sólo una representación inútil y sobrentendida. 

Sé que en el debate actual tengo de mi lado a todos los hombres libres, a todos los verdaderos revolucionarios que piensan que la libertad individual es un bien superior al de cualquier conquista obtenida en un plano relativo. 

*
¿Mis escrúpulos hacia toda acción real? 

Estos escrúpulos son absolutos y de dos clases. Hablando absolutamente, apuntan a ese sentido enraizado de la profunda inutilidad de cualquier acción espontánea o no espontánea. 

Es el punto de vista del pesimismo integral. Pero una cierta forma de pesimismo lleva en sí su lucidez. La lucidez de la desesperación, de los sentidos exacerbados y como en las orillas de los abismos. Y al lado de la horrible relatividad de cualquier acción humana, esta espontaneidad inconsciente que pese a todo impulsa a la acción. 

Y también en el terreno equívoco, insondable del inconsciente, de las señales, de las perspectivas, de las percepciones, toda una vida que crece cuando se establece y se revela aún capaz de turbar el espíritu. 

Estos son pues nuestros escrúpulos comunes. Pero al parecer ellos se decidieron por la acción. Pero una vez reconocida la necesidad de esta acción, se apresuran a declararse incapaces de ella. La configuración de su pensamiento los aleja para siempre de este terreno. Y en lo que a mí concierne ¿dije alguna vez otra cosa? En mi favor, de todos modos, circunstancias psicológicas y fisiológicas desesperadamente anormales y en las que ellos no podrían prevalecer. 


___________________
1 Insistiré apenas sobre el hecho de que los surrealistas no hayan encontrado nada mejor para tratar de destruirme que servirse de mis propios escritos. Es necesario que se sepa que la nota que figura al pie de las páginas 6 y 7 del artículo «Au grand jour» y que apunta a arruinar los fundamentos de mi actividades es apenas una reproducción pura y simple, la copia apenas disfrazada de fragmentos tomados de textos que yo les destinaba y donde me ocupaba de poner a la luz su actividad, embutida de odios miserables y de veleidades sin futuro. Esos fragmentos constituían la materia de un artículo que me rechazaron sucesivamente dos o tres revistas, entre ellas la N.R.F, por demasiado comprometedor. Poco importa saber por los oficios de qué soplón llegó este artículo a sus manos. Lo esencial es que lo hayan encontrado tan molesto como para sentir la necesidad de neutralizar su efecto. En cuanto a las acusaciones que les destinaba y que me devuelven, dejo a la gente que me conoce bien, no ya según su innoble manera, el trabajo de clasificarnos. En el fondo, todas las exasperaciones de nuestra pelea giran alrededor de la palabra Revolución. 
2 Como si un hombre que ha sentido de una vez por todas los límites de su acción, que rehúsa comprometerse más allá de lo que él cree que son esos límites, fuera menos digno de interés, desde el punto de vista revolucionario, que el gritón imaginario que en el mundo asfixiante en el que vivimos, mundo cerrado y para siempre inmóvil, en atención a no sé qué estado insurreccional del cuidado de clasificar los actos y los gestos que todos saben bien que no haré. Exactamente eso es lo que me ha hecho vomitar el surrealismo: la consideración de la impotencia nativa, de la debilidad congénita de esos señores, opuesta a su actitud perpetuamente ostentatoria, a sus amenazas en el vacío, a sus blasfemias en la nada. ¿Y hoy, qué hacen ellos para desplegar una vez más su impotencia, su invencible esterilidad? Es por haber rehusado a comprometerme más allá de mí mismo, por haber reclamado silencio alrededor mío y por ser fiel en pensamiento y en acto a lo que sentía ser mi profunda, mi irremisible impotencia que esos señores han juzgado mi presencia inoportuna entre ellos. Pero lo que les pareció por encima de todo condenable y blasfematorio fue que no quisiera comprometerme sino conmigo mismo acerca de la determinación de mis límites, que exigiera ser dejado libre y dueño de mi propia acción. ¿Pero qué me importa toda la Revolución del mundo si sé permanecer eternamente doloroso y miserable en el interior de mi propio osario? Que cada hombre no quiera considerar nada más allá de su sensibilidad profunda, de su yo íntimo, es para mí el punto de vista de la revolución integral. No hay mejor revolución que la que me beneficia a mí y a la gente como yo. Las fuerzas revolucionarias de un movimiento cualquiera son aquellas capaces de desarticular el fundamento actual de las cosas, de cambiar el ángulo de la realidad. Pero en una carta escrita a los comunistas, ellos confiesan su absoluta falta de preparación en el terreno en el que acaban de comprometerse. Más aún, que el tipo de actividad que se les pide es inconciliable con su propio espíritu. Y es aquí que ellos y yo, sea lo que sea, nos volvemos a reunir al menos en parte en una inhibición esencialmente similar aunque debida a causas graves en otro sentido, en otro sentido significativas para mí que para ellos. Se reconocen finalmente incapaces de hacer lo que yo siempre me rehusé a intentar. En cuanto a la acción surrealista misma, estoy tranquilo. Casi no pueden sino pasar sus días condicionándola. Hacer el balance, hacer el balance en ellos como cualquier Stendhal, esos Amiel de la Revolución comunista. La idea de la Revolución siempre será para ellos una idea, sin que esta idea, a fuerza de envejecer adquiera una sombra de eficacia. ¿Pero acaso no ven que revelan la inanidad del movimiento surrealista, del surrealismo intacto de toda contaminación, cuando sienten la necesidad de romper su desarrollo interno, su verdadero desarrollo para apuntalarlo por una adhesión de principio o de hecho al Partido Comunista Francés? ¿Era esto aquel movimiento de revuelta, aquel incendio en la base de la realidad? ¿Acaso el surrealismo, para vivir, tenía necesidad de encarnarse en una revuelta de hecho, de confundirse con reivindicaciones concernientes a la jornada de ocho horas, o al reajuste de los salarios o la lucha contra la vida cara? ¡Qué chiste o qué bajeza de alma! Sin embargo es lo que parecen decir, ¡¡¡que esta adhesión al Partido Comunista Francés les parecía la continuación lógica del desarrollo de la idea surrealista y su única salvaguarda ideológica!!! Pero yo niego que el desarrollo lógico del surrealismo lo haya llevado hasta esta forma definida de revolución que se entiende bajo el nombre de Marxismo. Siempre pensé que un movimiento tan independiente como el surrealismo no se justificaba con los procedimientos de la lógica ordinaria. Además es una contradicción que no perturba a los surrealistas, dispuestos a no perder nada de todo lo que pueda ser una ventaja para ellos, de todo lo que momentáneamente pueda servirles. Háblenles con su Lógica, responderán Ilógico, pero digan Ilógico, Desorden, Incoherencia, Libertad, responderán Necesidad, Ley, Obligación, Rigor. Esta mala fe esencial es la base de sus maniobras.
3 Ces brutes quʹils me convient de me convertir. Frase muy oscura, de difícil traducción. (N. de la T) 
4 Esta bestialidad de la que hablo y que tanto los subleva es sin embargo lo que los caracteriza mejor. Su amor al placer inmediato, es decir a la materia, les ha hecho perder su primitiva orientación, ese magnífico poder de evasión cuyo secreto creímos nos iban a dispensar. Un espíritu de desorden, de mezquina chicana, los impulsa a desgarrarse unos a otros. Ayer, Soupault y yo nos fuimos descorazonados. Antes de ayer, Roger Vitrac, cuya exclusión fue de una de sus primeras cochinadas. Por más que griten en su rincón y digan que no es así, les responderé que para mí el surrealismo siempre ha sido una insidiosa extensión de lo invisible, el inconsciente al alcance de la mano. Los tesoros del inconsciente invisible vueltos palpables, conduciendo la lengua directamente, de un solo golpe. A mí, Rusbroeck, Martínez de Pasqualis, Boehme, me justifican suficientemente. Cualquier acción espiritual si es justa se materializa cuando es necesario. ¡Las condiciones interiores del alma! Pero éstas llevan en sí su investidura de piedra, de verdadera acción. Es un hecho adquirido y adquirido por sí mismo, irremisiblemente sobreentendido. 

martes, 23 de septiembre de 2014

De Hombre a Hombre, en una de las últimas funciones














Un día
al final de la función
cuando tenía que acercarme hacia ti
e intentar acariciar con ternura tu cabeza
agaché la cabeza y mi mirada se cruzó con tus zapatos
eran los zapatos de ese niño que interpretabas
con pequeños movimientos
tus pies
me hicieron entender lo joven que eras
aún con tus razones
y tus silencios de hombre doloroso
de historia doliente
eras ese niño que fingías ser

Y la historia te ganaba
y yo tambien me dejaba derrotar
y entendía  que perdía mientras algo triunfaba

Pensé
es el amor
y ya como el ciego de Buenos Aires
no podía ni imaginar
poder ocultarme o huir

Ya te amaba como hoy
y llevaba perdido en tu recuerdo
si saber que tus zapatos
volverían a enamorarme
hasta hacerme llorar

viernes, 23 de noviembre de 2012

Vania, una Comedia Negra de Antón Chéjov, programa 17


Decimo Septima Escuela del Espectador
Invitados: Fabian Patinho y León Sierra (Vania, una Comedia Negra de Antón Chéjov).
Conductores: Santiago Rivadeneira y Genoveva Mora.
Realizacion: Genoveva Mora
Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio

Lysistrata, programa 16



Decimo Sexta Escuela del Espectador
Invitados: Paulina Tapia y Juana Guarderas (Proyecto Lysistrata).
Conductores: Genoveva Mora, Santiago Rivadeneira y Leon Sierra
Realizacion: Leon Sierra
Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio

jueves, 22 de noviembre de 2012

Sin Otoño Sin Primavera, programa 15


Decimo Quinta Escuela del Espectador
Invitados: Sin Otonio Sin Primavera y Christian Leon, critico cineasta.
Conductores: Santiago Rivadeneira y Leon Sierra
Realizacion: Leon Sierra
Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio

Gonzalo Estupiñán y Fabián Patinho, programa 14


Decimo Cuarta Escuela del Espectador
Invitados: Fabian Patinho y Gonzalo Estupinian, director y actor de "Elias"
Banda Ecuatoriana Invitada: Los Corrientes
Conductor: Leon Sierra
Realizacion: Leon Sierra
Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio

miércoles, 26 de septiembre de 2012

A un mes del estreno


Chía Patiño, programa 13

Chía Patiño en glorias al público


Decimo Tercera Escuela del Espectador
Invitada: Lucía Patiño, Directora Administrativa y Artística de la Fundacion Teatro Nacional Sucre
Banda Ecuatoriana Invitada: Los Zuchos del Vado
Conductores: Genoveva Mora y Leon Sierra
Realizacion: Leon Sierra
Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio

La Musica que sirve para el ambiente del programa es de Don Byron

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Luis Miguel Campos, programa 12




Decimo Segunda Escuela del Espectador
Invitado: Luis Miguel Campos
Banda Ecuatoriana Invitada: Los Tigres del Chulafan
Conductores: Santiago Rivadeneira y Leon Sierra
Realizacion: Leon Sierra
Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio

La Musica que sirve para el ambiente del programa es de Don Byron




lunes, 17 de septiembre de 2012

Lucho Mueckay, programa 11



Decimo primera Escuela del Espectador 
Invitados: Lucho Mueckay
Banda Ecuatoriana Invitada: Los Pescados
Conductor: Leon Sierra
Realizacion: Leon Sierra

Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio 
La Musica que sirve para el ambiente del programa es de Don Byron.

jueves, 6 de septiembre de 2012

El Laboratorio de la Voz / Festival Sudaka 5, programa 10





Decima Escuela del Espectador 
Invitados: El Laboratorio de la Voz y Festival Sudaka5
Banda Ecuatoriana Invitada: PINTEIRO
Conductor: Leon Sierra
Realizacion: Leon Sierra

Coproduccion El Apuntador y Flacso Radio 
La Musica que sirve para el ambiente del programa es de Don Byron.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Imperativo Trágico


Esto es difícil: seguimos muriendo.

Los nuevos aires políticos que la Constitución de la República, que se fraguó en Montecristi en el año 2008, que viene impulsada por un movimiento ciudadano más progresista, o con más preguntas que el propio texto constitucional, empuja desde yace ya más de media década, no garantiza todavía la real participación y visibilización de los actores sociales. Más aún, y más allá de los candados constitucionales mediante los cuales las poblaciones LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgeneristas e Intersex) no equipara en fondo y forma derechos civiles básicos como la adopción, identidad de género o el matrimonio, está, por supuesto, el principio de no discriminación, aún en territorios parecidos a la época previa a la "descriminalización"de la homosexualidad. Seguimos muriendo, nos siguen matando.

En las dos últimas semanas del mes de agosto del presente año, llamadas telefónicas nos han dejado detenidos en el miedo. Generalmente para avisarnos de la muerte de un compañero o de su desaparición.

¿Qué ocurre cuando una persona a la que estás ligado, súbitamente, muere? Tratas de explicarte, tratas de no agredir su memoria, ni tu propia humanidad con elementos que vayan más allá de lo valioso y humano que habita en tu interior, tu afecto por él, por ella. Sin embargo, pasan un par de días y no puedes dejar de analizar los contextos y los símbolos que enmarcan los hechos que te destrozan.

Personalmente esto me hace pensar en aquella figura que nos cobija a todos los los homosexuales y miembros de las diversidades sexuales y de género, aquel sintagma que hace que nuestras madres sufran y por el que también comprenden finalmente y nos entregan su amor, al saber de nuestra realidad: el imperativo trágico: es lógico que muramos, es lógico que desaparezcamos, es lógico que nos maten: somos marginales: no somos normales.

Seguramente el dolor de los más cercanos y la nube de proactivismo positivo a la que nos obligamos para salir del estigma del imperativo trágico, en ciertos de nosotros, los activistas, los que damos la cara, nos hace tapar la realidad y re-significarla con silencios y sonrisas, gestos de amor como lo que la inteligente y sensible María Clara Bertini hizo por Andrés Buitrón, otorgándole silencio y respeto por su partida con cientos de globos de colores en la noche bulliciosa de la Plaza Foch, símbolo de las diversidades quiteña.

Lo cierto es que este imperativo trágico nos obliga a pensar, es un espejo cruel en el cual mirar nuestra realidad de seres socialmente marginales, excluídos, insultados por la comunidad en la que vivimos desde nuestros allegados hasta el Presidente de la República, cuya majestad presidencial no se des-coloca para referirse despectivamente a cualquier enemigo de manera homófoba o misógina. Sí, somos badeas, maricas, tortilleras, marimachos, y seguimos siendo víctimas de los asesinatos sociales. Nuestras muertes son violentas, pero la sociedad todavía no se violenta con nuestras muertes, porque muchos de nosotros, también otros, intentamos disfrazar el imperativo trágico.

Obras son amores, no buenas razones, decía mi abuela.