Quito, 28 de junio 2026
En 1995, en Madrid, participé por primera vez de una marcha del Orgullo. Tenía algo de primero de mayo: jóvenes que venían de los locales de ambiente de un Madrid todavía pre-gay —ese Madrid que Oscar Guash supo leer antes que nadie— marchaban con antifaces y gafas de sol. No era vanidad ni disfraz: era el único escudo que tenían frente a la posibilidad de ser reconocidos. De ser vistos.
Entre la multitud, también yo me escondía. Y desde ese escondite escuché a Mili Hernández —librería Berkana, Malasaña, barrio aledaño a Chueca, local pequeñito y casi secreto— decirles a esos jóvenes, decirnos: gracias por venir, no sabéis cuánto significa esto para mí.
Era una marcha que aglutinaba a militantes —hoy se hacen llamar activistas, el tiempo tiene ese valor corrompedor en el lenguaje— fundamentalmente jóvenes y profesionales que habían roto el techo de cristal de la exclusión: una generación que descubrió que la carrera universitaria podía ser también un armario más habitable, una forma de emerger sin exponerse del todo, de negociar la visibilidad desde la posición más cómoda. Quizá fue la primera renuncia inconsciente, el momento en que la militancia empezó a construir no una agenda colectiva sino una agenda personal. Lo que entonces parecía una conquista —salir del armario con credenciales— era ya, sin saberlo, el borrador del activista de ONG que llegaría después.
También había militantes de izquierda e intelectuales que empatizaban con el movimiento gay como una fuerza que resistía la caída del muro, o quizá la resimbolizaba.
Y claro estaban las mariconas, las travestis, las putas, a quienes no les incomodaba performarse desde una estética amasada en el deseo de quienes, muy por la noche, salían de su armario embozados en urbana nocturnidad para transgredir con su cuerpo el territorio del placer en el barrio donde yonkies y prostitutas adornaban en forma de guirnaldas callejeras los locales de ambiente. Carnaval vespertino, escandaloso y fugaz, eterno entre muros encerrados donde igual se bailaba con la fiebre neoyorquina de Donna Summer o el desgarro festivo del flamenco pop.
Treinta y un años después estoy en Quito. Y el borrador se ha convertido en institución.
Ayer vi antifaces en venta en este Quito contemporáneo y barroco, con su ethos que draga todo cual máquina semiótica de nuestra performance cultural como nación. Algo no ha cambiado tanto. Lo que sí ha cambiado —y no para mejor— es la capacidad política de las organizaciones que deberían representar a las diversidades sexuales en este país. Desde que regresé en 2008 participé de la organización del primer desfile del Orgullo LGBTI en Quito. Luego vino la militancia activa en la respuesta al VIH. Ahora, desde un retiro que es tanto forzado como elegido, observo con una lucidez que solo da la distancia.
Las organizaciones de las diversidades sexuales en Ecuador —y en gran parte de América Latina— han optado mayoritariamente por constituirse como ONG. Esa decisión no es inocente. Las ONG son, desde hace mucho tiempo, tributarias de los ejes políticos de las agencias internacionales. Altavoces, en su momento, de países imperiales como Estados Unidos. Hoy, en la era Trump, ni siquiera eso: financiamiento recortado, agenda desconectada, comunidades abandonadas.
Lo que vi ayer lo ilustra con una claridad casi cruel: en un contexto de rotura de stock de medicamentos antirretrovirales en el Seguro Social ecuatoriano —una crisis sanitaria concreta, urgente, con nombres y apellidos— las organizaciones estaban en la marcha promocionando tamizaje de VIH. No digo que el tamizaje sea malo. La PrEP y la PEP son herramientas comunitarias, nacidas de la lucha comunitaria. Pero hay un abismo entre promover una herramienta de prevención y denunciar que el Estado está fallando a quienes necesitan tratamiento. El día del Orgullo en Ecuador tenía que haber sido un día de clamor: queremos medicamentos, queremos que el Estado cumpla, la ruptura de stock es abandono. Eso es política. Lo otro es gestión de agenda ajena.
Hubo tres marchas, o algo así. La más liberal, sin permiso de la Intendencia de Policía. La que sí tenía permiso municipal, pero que no logró tomar el espacio público con fuerza. Y el grupo trans feminista de Maricas Rebeldes, autoconvocado en el extremo final del recorrido oficial, que fue a su encuentro y protagonizó un enfrentamiento más anecdótico que político. La anécdota es triste. Habla de una inmadurez política que impide construir una línea capaz de representar a todas, todos, todes quienes conformamos este colectivo. Los dirigentes, enfrascados en luchas intestinas entre los más liberales y los menos liberales —ninguno a la altura de quienes organizaron la tercera marcha desde una posición antifascista y anticapitalista— no pudieron escuchar a una comunidad que marchaba callada, avergonzada, en algo que se parecía demasiado a un gran clóset colectivo. Y eso es exactamente lo contrario de lo que debe ser el Orgullo: visibilidad, toma del espacio público, afirmación ruidosa de la existencia. Pero el enfrentamiento no está justificado: el poder nos quiere divididas, rotas, peleadas.
Escribí hace años un poema que se llama Gris. Era el nombre de un bar en Chueca donde iba con un novio al que le gustaba precisamente porque, decía, no era tan gay. Había chicos que no eran tan gays. De esa identidad liminal —ni dentro ni fuera, ni visibles ni invisibles— nacería después la identidad marika, una de las pocas resistencias genuinas a la normalización capitalista de lo gay. El bar Gris cerró el 12 de mayo de 2026. El País le dedicó un obituario.
GRIS
me gusta callar
mientras bailoteas
a mi lado,
me dices cosas
me gusta besarte
igual que lo hicieron
aquellos chicos
hoy
a nuestro lado
vestidos por la música
tu risa es un pájaro
que se posa
y se va.
León Sierra Páez, Bicycle Visions, Grado Cero Editores, Quito, 2024.
Lo había escrito sin saber que lo estaba despidiendo. Eso es lo que hace el tiempo con los poemas: los vuelve más verdaderos de lo que fueron. Un souvenir de Madrid, dijo alguien en ese mismo obituario. Yo prefiero pensar que fue un lugar donde la risa era todavía un pájaro, y no una mercancía.
Me pregunto, desde este retiro anticipado, si soy también responsable de lo que ocurrió. La pregunta no es retórica: quien milita y luego se retira carga con esa tensión. Pero lo que sé es que quiero pensar en cómo fortalecer a esta comunidad. Una comunidad que ha sido vaciada de significado, devorada por una mercancía que promete felicidad arcoíris y entrega soledad oscura. El capitalismo rosa no libera: administra la diferencia para venderla de vuelta.
Llevan 31 años mirándome marchar. Ahora me toca pensar desde otro lugar. Quizás escribir sea también una forma de no rendirse.